viernes, 20 de abril de 2018 0 comentarios

1081. Domingo IV de Pascua. Jesús, el Buen Pastor en este momento de la Iglesia


Jesús, el Buen Pastor en este momento de la Iglesia
Jn 10,11-18 
Texto evangélico:
11 Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas; 12 el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo las roba y las dispersa; 13 y es que a un asalariado no le importan las ovejas. 14 Yo soy el Buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, 15 igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas. 16 Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor. 17 Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. 18 Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre».

Hermanos:
1. Todos los años, el IV Domingo de Pascua es el Domingo del Buen Pastor.
Los tres primeros domingos leemos algún relato de las apariciones pascuales. El cuarto es el Buen Pastor. No salimos de la Pascua, porque la figura del buen Pastor es específicamente una figura pascual de Jesús. Leemos, pues, todos los años una sección del capítulo 10 del Evangelio de san Juan. En este capítulo, con un lenguaje alegórico y místico, se nos presenta a Jesús como el Buen Pastor de la Iglesia, a la que hoy dirige desde el cielo.
Esta imagen entrañable tiene un significado sin fondo, y para el cristiano sensible a las cosas de Dios es una delicia adentrarse en esta revelación que Jesús está dando hoy a su Iglesia. La necesitamos tantos…

2. Quisiera comenzar esta reflexión con un dato, que no es un dato simplemente curioso, sino un dato que encierra una entrañable lección. Me refiero al Crucifijo que lleva el Papa, que es el crucifijo que llevaba como obispo. En la cruz pectoral no está Jesús crucificado, sino Jesús Buen Pastor, con la oveja descarriada encima de los hombros, rodeando el cuello; en el fondo está el rebaño que sigue al Pastor. Y en la cima de este relieve está el Espíritu Santo, que conduce a la Iglesia.
Los símbolos hablan por sí mismo. El Buen Pastor acabamos de afirmar que es una imagen pascual de Cristo, como nos la presenta el libro del Apocalipsis; pero nada quita a que hagamos otra afirmación equivalente: el Buen Pastor es Jesús en la cruz.

3. Los obispos, como bien sabéis, no llevan un cetro de Rey. Despareció la tiara pontificia con las tres coronas, que representaban la plenitud de poderes propia del Papa. Los obispos no llevan una vara de mando, como lleva un regidor, un alcalde, una alcaldesa. Los obispos llevan un cayado de pastor, para decir que, por encima de todo, son pastores, si bien es verdad que ese cayado metálico puede estar muy sofisticado, y, a lo mejor, hasta llevar perlas preciosas, que no  es precisamente lo que corresponde a un pastor. El Papa Pablo VI tuvo la iniciativa de cambiar la terminación del cayado del pastor, poniendo en lugar de la empuñadura curvada, la imagen de Jesús en la cruz, significando visiblemente que la cruz de Cristo es nuestro verdadero cayado. Y este báculo lo han usado los papas sucesivos. La cruz es el báculo, es el cayado con el que la Iglesia avanza por los caminos de este mundo.

4. El Evangelio de hoy, escrito por un gran teólogo, después de la muerte y de la resurrección de Jesús, nos hace tres aplicaciones de la figura del Buen Pastor, Jesús, a la actualidad del mensaje proclama:
- la primera, es la contraposición entre el pastor dueño del rebaño y el pastor asalariado. El dueño da la vida por su rebaño. Naturalmente que hay una sublimación de la imagen. El asalariado huye cuando ve venir el peligro; el dueño permanece, incluso hasta el punto de dar la vida por su ovejas. Este retrato que corresponde a Jesús, el único que ha dado la vida por su rebaño, ha sublimado la imagen, porque no corresponde la verdad fija y empírica de la vida: el pastor no tiene por qué dar la vida por las ovejas.
- La segunda imagen comparativa es la del conocimiento: el pastor conoce a las ovejas y las ovejas conocen al pastor.
- La tercera imagen es misionera: hay otras ovejas que no están en este redil. Y Jesús quisiera que todas formaran un solo rebaño con un solo pastor. Jesús quiere ser el pastor de todos los hombres, como salvador de todos.

5. Cuántos pensamientos para reflexionar, para interiorizar.
Ante esta imagen noble y delicada del Buen Pastor, que los pueblos antiguos la han aplicado a los jefes supremos de las naciones, porque han visto en el buen gobernante el elegido de Dios para su pueblo, queremos reflexionar con sabiduría, porque sin duda Dios nos está revelando algo para este momento de la Iglesia.
Queremos un pastor que nos gobierne, no un militar que enderece nuestras conductas con el mando y la fuerza. Un pastor que alce en sus manos a la oveja débil, que lleve en sus hombros, para tornarla al redil, a la oveja extraviada.
Si la luz de Dios de nuestras reflexiones acepta que necesitamos a ese Pastor – que los cristianos lo llamamos Jesús – hemos dado un gran paso por los caminos del pastoreo de Jesús.

6. Pero hay más. Todo lo dicho es bueno y correcto. Pero este plan, con lo delicado que es, resulta insuficiente. Si queremos leer las santas Escrituras con ese trasfondo espiritual que reflejan estos detalles, hemos de dar un paso al frente, y confesar paladinamente: que Jesús, desde el cielo, está ejerciendo de Buen Pastor, y que la Iglesia está muy segura bajo su cayado.
Esta sencilla verdad, que la asumimos desde el fondo del Evangelio, nos ilumina y nos da una inmensa seguridad, paz y esperanza. Podemos confiar sin ninguna vacilación. El camino de la Iglesia no está sujeto a los avatares de la política humana; sería una visión corta de la realidad. Con humildad, con rotunda firmeza, hemos de profesar nuestra fe. Y es lo que ahora mismo quiero hacer como remate y conclusión de esta homilía.

7. Señor Jesús, creemos y creo firmemente que tú eres hoy el Pastor, el Buen Pastor, el único Pastor de tu santa Iglesia. Vemos con el realismo de nuestros ojos que hay un desmoronamiento doloroso de tantas cosas que hemos amado y que han sustentado la Iglesia de nuestra infancia, de nuestra juventud, de nuestros amores. Ignoramos ciertamente en dónde van a terminar esta evolución y estos cambios; pero, creyendo en el Evangelio, creemos firmemente que eres tú el Pastor que dirige a la Iglesia que el Padre ha puesto en tus manos, y que tú estás haciendo la obra que el Padre te ha encomendado. Acepta nuestra vida, incluso nuestra muerte, al servicio de tu pastoreo. Amén.

Alfaro (La Rioja, España), viernes 20 de abril de 2018
viernes, 13 de abril de 2018 3 comentarios

1080. Domingo III de Pascua. Jesús, presencia, plenitud y misión


Jesús, presencia, plenitud y misión
Lc 24,35-48



Texto evangélico:
35 Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
36 Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dice: «Paz a vosotros». 37 Pero ellos, aterrorizados y llenos de miedo, creían ver un espíritu. 38 Y él les dijo: «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro corazón? 39 Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo». 40 Dicho esto, les mostró las manos y los pies. 41 Pero como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: «¿Tenéis ahí algo de comer?». 42 Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. 43 Él lo tomó y comió delante de ellos. 44 Y les dijo: «Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí».
45 Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. 46 Y les dijo: «Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día 47 y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. 48 Vosotros sois testigos de esto. 49 Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre; vosotros, por vuestra parte, quedaos en la ciudad hasta que os revistáis de la fuerza que viene de lo alto».

Hermanos:
1. El misterio de la resurrección del Señor es inagotable. Semana tras semana lo celebramos en la Eucaristía dominical. Pero la cincuentena pascual es una oportunidad muy singular. A todos se nos invita, de modo muy personal y concreto, a hacer, en el ámbito de nuestra vida, la experiencia de Jesús Resucitado, a recibir esta gracia que Dios, como Padre de amor, quiere otorgarnos. La escena de la presencia de Jesús en la comunidad apostólica en el Cenáculo nos va a dar la pauta y la clave de lo que Jesús Resucitado, con la fuerza de su Espíritu quiere hacer en medio de nosotros, y de modo concreto y personal en mí.
Él quiere hacerse presente en mí, que yo tenga la vivencia de su nueva vida.
Él quiere abrirme la inteligencia para que yo comprenda y guste las Escrituras.
Él quiere darme una palabra de promesa y de envío para que yo, con mis hermanos, dé testimonio de la obra que él, como enviado, como Hijo del amor del Padre, ha iniciado en este mundo.
En una palabra: Jesús Resucitado quiere unificarse conmigo y que yo me unifique con él.

2. La escena del Cenáculo en este relato del Evangelio de san Lucas que hemos escuchado prosigue la experiencia de Emaús. Aquellos dos discípulos que lo reconocieron al partir el pan en Emaús – Cleofás y el otro a quien la tradición ha dado el nombre de Simón – corrieron de regreso a Jerusalén a dar la Gran Noticia a los apóstoles.
Dice el texto sagrado: “Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón»” (Lc 24,33-34).
Continúa la narración y enlazamos con el Evangelio de hoy: “Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan” (v. 35).
Y ahora, de repente, Jesús aparece en medio.

3. Les saluda con el mejor saludo que ha escuchado la humanidad: La paz con vosotros. Hoy quisiéramos llevar este saludo a Siria, porque es horroroso e increíble y antihumano, las escenas que la televisión, los periódicos, las redes sociales nos transmiten. La paz con vosotros. Son palabras que nos atraviesan el alma, y que de nuestra parte quisiéramos llevarlas, como el mejor regalo de la vida de Cristo, a todos los seres humanos: La paz de Jesús.
Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona.
Dicho esto, les mostró las manos y los pies.

Si Jesús está vivo, tenemos que palparle. ¿Cómo…? Tenemos que palparle.
Si Jesús está vivo, tenemos que verle y mirarle.
Si Jesús está vivo, tenemos que rebosar de la alegría y de la fuerza que vienen de él.
Esto es la presencia de Jesús, que llega hasta lo íntimo más íntimo de nosotros, que es tan cierta y verdadera como la existencia de Dios mismo. Esto y no otra cosa es la Resurrección de Jesús; su presencia comunicada a mí, comunicada a la comunidad cristiana que es el ámbito de mi vida.
Jesús, por definición, es el Viviente, Jesús no es un recuerdo de un pasado, Jesús es el que está, el que actúa, el que llena a rebosar el corazón. Si Jesús no es presencia, no existe. Y justamente la Eucaristía la celebramos como presencia vida del Resucitado. No es la memoria que nosotros hemos inventado. Es su presencia vivificante que se vuelca sobre nosotros.
Jesús es el Viviente; no es el pasado digno de los mejores monumentos. Un monumento, un cuadro, por bello que sea, no me da su presencia; la Eucaristía que celebramos con la comunidad sí que me da la presencia viva y vivificante de Jesús, el Señor. Y de la Eucaristía su presencia que se proyecta en toda realidad humana, de gozo o de dolor, y especialmente significativa en toda circunstancia de pequeñez, de dolor, de descarte. Ahí vive el Viviente y ahí nos llama.

4. Pero continuemos con la segunda parte del Evangelio. Y abramos el corazón para recibir los dones que Jesús, el Señor, nos entrega:
El primer es el don de la Escritura.
El segundo, el don de ser sus testigos en el mundo.

Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras.
La Iglesia tiene el don de la Escritura. Sabe leer las Escritura. El mismo Espíritu que las inspiró, que vive en ellas, ese Espíritu, que es el Espíritu de Jesús Resucitado, nos abre hoy la mente para que comprendamos qué nos están diciendo los libros sagrados. La Sagrada Escritura es inagotable hasta la vuelta del Señor, y siempre hemos de encontrar ahí la fuente de la sabiduría.

5. Vosotros sois testigos de esto. Los apóstoles fueron testigos de todo el acontecimiento de Jesús, y nosotros continuamos mostrando al mundo el mismo testimonio. El Espíritu Santo es el que nos trasforma en testigos de Jesús.
Todo esto que estamos diciendo, hermanos, es sublime. Ninguno de nosotros es digno de recibirlo. Pero Dios por su amor nos lo da como regalo.
Alegrémonos y sigamos gozando de la presencia de Jesús Resucitado.

Señor Jesús, yo te quiero ver y palpar y llenarme de tu divina presencia, que me acompañe día y noche. Yo quiero besar tus llagas radiantes de resucitado. Yo quiero ser tu testigo en medio del mundo. Amén.

Viernes, 13 de abril de 2018.
 
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