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1085. Domingo de Pentecostés 2018



Recibid el Espíritu Santo
Jn 20,19-23

Texto evangélico:
19 Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». 20 Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. 21 Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». 22 Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; 23 a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Hermanos:
1. Todos los años, en la gran solemnidad de Pentecostés, que es la culminación de la Pascua, las dos fiestas principales del año, todos los años, proclamamos en la Eucaristía las mismas lecturas:
- el relato de aquel día de Pentecostés, fiesta judía, tal como nos lo presenta los Hechos de los Apóstoles;
- la doctrina sobre los dones del Espíritu Santo infundidos a los fieles cristianos, tal como nos la anuncia san Pablo escribiendo a la comunidad de Corinto:
- y como Evangelio, el que acabamos de escuchar. Jesús que se muestra al grupo de sus discípulos aquella tarde de la Resurrección: sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. Es la esencia del mensaje que, con la gracia de Dios, trataremos de explicar.

2. Y todos los años, en la misa de la Vigilia de Pentecostés, hay una lectura sorprendente del mismo Evangelio de san Juan. «El que tenga sed, que venga a mí y beba el que cree en mí; como dice la Escritura: “de sus entrañas manarán ríos de agua viva”». Dijo esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él. Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado” (Jn 7,37-39).
Según este modo de hablar, el Espíritu Santo, que existía desde toda la eternidad, como existen el Padre y el Hijo, no existía como hecho, como acontecimiento, en espera de la Resurrección de Jesús. Quiere esto decir que la vida de Jesús y la venida del Espíritu Santo son una misma historia que no se puede romper. Sin Espíritu no hay Jesús; sin Jesús no hay Espíritu Santo. Sin la vida de Jesús no existe Pentecostés; sin Pentecostés no existe la vida de Jesús como vida del Hijo de Dios.

3. Pero es más: Pentecostés no se ha terminado. Se inició aquel día y sigue hoy. Estamos en Pentecostés, y la vida de la Iglesia es un Pentecostés continuado. Yo mismo soy una parte de la Historia de Pentecostés. Yo y mis hermanos, discípulos de Jesús, hemos sigo favorecidos de los dones del Espíritu Santo que se nos han dado.
Un ejemplo a la vista es lo ocurrido estos días, esta semana anterior a Pentecostés, en Roma. Los que siguen las noticias de la Iglesia saben cómo hace unos meses el Papa visitó Chile y Colombia. La visita a Chile produjo muchas contradicciones. El Papa, entonces, convocó a todos los obispos de Chile, para que tuvieran con él tres días de diálogo, de escucha, de discernimiento, de oración, como ha sido esta semana. Acudieron todos, 34, entre ellos algunos eméritos. Al final el Papa les escribió en conjunto una sencilla carta de agradecimiento, por su lealtad, por su sinceridad. La sorpresa viene a continuación cuando a esta carta todos y cada uno de los obispos de Chile, personalmente, firman una carta de renuncia, poniendo en sus manos el ministerio episcopal para que el Santo Padre haga, con libertad, lo que mejor le parezca. Un gesto maravilloso de sinceridad y de solidaridad de hermanos. No se pide que renuncie este u otro – los más implicaos o acusados – todos en conjunto y personalmente firman una Declaración. Después de pedir sinceramente perdón por el mal causado a causa del silencio y de la negligencia, dicen:
“En segundo lugar, queremos anunciar que todos los obispos presentes en Roma, por escrito, hemos puesto nuestros cargos en las manos del Santo Padre para que libremente decida con respecto a cada uno de nosotros”.
Hermanos, si uno examina por dentro esta sorprendente decisión (de la que, al parecer, no se conocen otros precedentes) uno dice: Aquí hay humildad, sinceridad y verdad; aquí está presente el Espíritu Santo, verdaderamente el Espíritu Santo conduce a la Iglesia.

4. Celebramos, pues, hermanos, en Pentecostés no solo aquel hecho lejano que ocurrió un día, como lo han descrito los Hechos de los Apóstoles, evocación de lo que pasó en el Sinaí en tiempos de Moisés, sino que celebramos simultáneamente lo que está ocurriendo en medio de nosotros. El Espíritu Santo es nuestra compañía.
Esto nos lleva a continuar la reflexión que nos hacíamos el Domingo pasado, Ascensión del Señor. Allí indicábamos que, en el lenguaje y descripción familiar del hecho, Jesús se iba y se quedaba.
No os dejaré huérfanos. Me voy; es preciso que me vaya, porque así os puedo enviar el Espíritu de Dios, mi Espíritu, el Espíritu Santo. Justamente por eso, vosotros haréis no solo las obras que yo he hecho (expulsión de demonios y milagros), sino que haréis obas mayores que las que yo he hecho. Vosotros tenéis que ir a los confines de la tierra, adonde yo no he podido ir… Vuestra tarea es el anuncio del Evangelio a todo el mundo, que yo no he podido realizar, no saliendo de los límites mínimos de mi tierra.
Así pues, lo mismo que el misterio de la Ascensión, el misterio de la venida del Espíritu, tiene un tono de familiaridad, lo cual significa cercanía y presencia de Dios.
Es más: los cristianos – solo los cristianos – podemos enunciar nuestra fe diciendo que nuestro Dios es un Dios encarnado e histórico. La historia de Dios comienza en la eternidad y termina hoy, aquí y ahora, en Pentecostés, en espera de la manifestación gloriosa del último día. El Dios de la Creación, el Dios de la inmensa Gloria es el Dios que hoy termina en mí como Dios Espíritu Santo que me va a acompañar todos los días de mi vida, hasta que yo vuelva a la morada de Dios, de donde vine un día.

5. Pero hay otro detalle en el Evangelio de hoy que debemos examinar con precisión: la unión del Espíritu Santo con el perdón de los pecados. «Recibid el Espíritu Santo; 23 a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Esto significa dos cosas:
- la primera que donde está el Espíritu Santo está el perdón de los pecados, aparte de todos los dones que él nos puede traer;
- y la segunda, que Jesús constituye a su Iglesia plenipotenciaria, como él, de los dones de Dios. La Iglesia de Jesús es portadora de la misericordia de Dios, y es administradora de esa misma misericordia. Evidentemente que no puede ser administradora a su capricho, sino según el corazón mismo de nuestro Dios y Padre, según la misericordia de Dios, según la ternura de Dios.

He aquí, pues, hermanos los grandes misterios de nuestra fe, que nos llenan el corazón de gozo y esperanza.
Señor Jesús, gracias sin fin por lo que has hecho por nosotros, por tu muerte y resurrección; gracias porque hoy nos envías desde el Padre al Espíritu para que permanezca siempre con nosotros.
Nosotros recibimos los dones de tu Espíritu y queremos disfrutar de ellos hasta el encuentro contigo. Amén.

Guadalajara, viernes 18 de mayo de 2018.

viernes, 11 de mayo de 2018 2 comentarios

1084. Domingo VII de Pascua, B – Ascensión del Señor 2018


Ascensión del Señor 2018:

Presencia y compañía de Jesús
Mc 16,15-20


Texto evangélico:
[14 Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado.
15 Y les dijo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. 16 El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado. 17 A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, 18 cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos».
19 Después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios. 20 Ellos se fueron a predicar por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.

Hermanos:
1. Las tres lecturas sagradas de hoy hablan de la Ascensión del Señor. Y nos dicen literalmente así:
En los Hechos de los Apóstoles: “Dicho esto, a la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista” (Hech 1,9).
En la carta a los Efesios: “Por eso dice la Escritura: Subió a lo alto llevando cautivos | y dio dones a los hombres. Decir subió supone que había bajado a lo profundo de la tierra; y el que bajó es el mismo que subió por encima de los cielos para llenar el universo” (Ef 4,8-10).
Y en el Evangelio lo que acabamos de escuchar: “, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios”.

2. Es una maravilla que nosotros, cristianos, discípulos de Jesús, podamos creer de modo directo y sencillo estas verdades, y gozarnos íntimamente de ellas con íntima consolación espiritual.
Acaso venga el sabiondo a decirnos que esto es una fantasía, que no hay ni subir ni bajar, y que la realidad que nos da la física cuántica es que en este mismo instante nuestro sistema solar, en un rincón de la Via Láctea, navega y gira a una velocidad de cerca de un millón de kilómetros a la hora. Y esto sin contar que nuestra galaxia vecina es Andrómeda que tendrá sus propios giros astronómicos en el espacio desconocido del universo.
Pero vengamos a lo sencillo donde el corazón halla su armonía, su paz y su consuelo.
Nuestra fe, hermanos, transciende toda ciencia, la de ayer y la de hoy, la que ha de venir con las investigaciones que hagan los que se llaman científicos.
La Resurrección de Jesús es un hecho de fe, no un episodio demostrable por evidencias históricas.
La Ascensión de Jesús, igual que su santa Resurrección, es lo mismo un hecho de fe.
Y la evidencia de la fe está en la misma fe; no fuera de ella. La evidencia de la fe, que quedó plasmada en los santos Evangelios con el testimonio de los primeros testigos, vuelve a nuestros corazones y nos unge de una inmensa paz, fruto del Espíritu de Dios, del Espíritu de Jesús, que es el Espíritu Santo.

3. Hay una nota en estos relatos sencillos, que se nos hace divinamente iluminadora. Esta nota se llama la familiaridad. La familiaridad es lo que da sentido a los discursos de la Cena; la familiaridad es lo que da el clima a las apariciones evangélicas; y la familiaridad es lo que da tono y ambiente al relato de la Ascensión.
Escuchemos: “Cuando miraban fijos al cielo, mientras él se iba marchando, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo» (Hech 1,10-11).
Esto es una escena de familia, como cuando muere un ser querido, que nos dice: “¡Adiós! Hasta el cielo”. Cuando san Francisco presintió que se acercaba la Hermana Muerte, dijo familiarmente a sus hermanos: “Yo he cumplido mi tarea; Cristo os enseñe la vuestra”.

4. La Ascensión de Jesús une el cielo y la tierra, o, más exactamente, la vida de Jesús y la nuestra, en un mismo proyecto y en una misma orientación. Él se ha marchado, pero se queda de otra manera.
Seguramente que nuestra fe es demasiado torpe para poder leer con una ingenuidad de niños esas maravillas que nos promete Jesús: A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos.
Es una verdad de Evangelio y ahí queda. Jesús no se está refiriendo a los apóstoles que van a hacer milagros, no; se está refiriendo a sus discípulos, a mí en concreto que hablo o escucho estas palabras.
Él está en el cielo y yo en la tierra, y su poder obra en mí. Esta es la frase final del Evangelio: Ellos se fueron a predicar por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.

5. As, pues, podemos preguntarnos: La Ascensión de Jesús ¿es un misterio o de ausencia o de compañía? La respuesta es clara de acuerdo a lo que vamos diciendo: La Ascensión de Jesús es un misterio de compañía, de dulce compañía, de fuerte compañía, que puede llegar, incluso, a hacer milagros – cuando el Señor quiera y como quiera – para mostrarnos que es verdad, que él esta poderoso en medio de nosotros en medio de los avatares de la vida.
Esto produce un sentimiento de confianza, que nos da inmensa serenidad, armonía y paz.
El jueves pasado, 10 de mayo, el Papa visitaba a ese sorprendente Movimiento Católico, que se llama “los Focolares” [Focolar significa “Hogar”] en Loppiano (en la provincia de Florencia, en Italia), que cultivan la espiritualidad del amor y la unidad, y volvía a recordar eso ya tan archisabido: que no estamos en una época de cambios, sino que estamos en un “cambio de época”. ¿Qué es todo esto que está viniendo en la sociedad y en la Iglesia? No lo sabemos porque no tenemos la debida perspectiva; pero sí sabemos que contamos con la presencia y la compañía de Jesús. Y el saberlo y el gustarlo nos infunde una esperanza sin fin.

Señor Jesús, creemos en tu muerte salvadora; creemos en tu Resurrección; creemos en un Ascensión al cielo; creemos en tu presencia y compañía desde el cielo. Llena nuestra vida de una inmensa paz, de alegría y de esperanza.

Guadalajara, Jalisco, viernes 11 de mayo de 2018.



Romance de la Ascensión
(Al eco de la homilía)

1. Misterio de la Ascensión:
es presencia y compañía;
Jesús se marcha y se queda,
porque es un Dios de familia.

2. Es el Dios de mi esperanza,
que da paz y tranquiliza,
dice que va y volverá,
cierta será su venida.

3. Anunciarle es el mensaje
que nos deja a su partida,
ser sus testigos humildes,
mostrarlo con valentía.

4. Y en la pura intimidad
gozarle vida con vida,
que convivir es amar
y amar posar la mejilla.

5. Pensamientos y sentires
queden quietos a la orilla;
en silencio Dios está:
reposa en él, alma mía

6. Dios es Jesús, mi Señor,
que a diálogo me convida,
dulce secreto de a dos
que saben cuando se miran.

7. Llegará la muerte a un tiempo
por la ley establecida,
pero la paz de este instante
será gracia compasiva.

8. Mi Señor de la Ascensión,
que hoy eres Eucaristía,
ampárame con tus ojos
y hazme sentir que eres vida. Amén.

Guadalajara, viernes, 11 de mayo de 2018
 
 
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